jueves, 17 de agosto de 2017

Gracias

Llevo un diario de agradecimientos. Dicen que es bueno para la salud mental y para reparar el pesimismo, así que cada día apunto en mi agenda cuatro o cinco cosas que hacen que se me esponje el corazón. Hay días que cuesta encontrar algo que escribir, otros cuesta mucho y otros, como aquel fin de semana de principios de verano (o finales de primavera), se acumulan tantas cosas que se te convierten en un post.



Doy gracias por las montañas, el amarillo, los cielos cuajados de estrellas y el Alpenglühen.



Doy gracias por los Kasnocken, los huevos fritos para desayunar, las salchichas asándose en palos y los plátanos rellenos de chocolate en la hoguera.



Doy gracias por los murciélagos, las pieles de serpiente escondidas en la leña, las Erdbienen, los berridos de los ciervos, los gritos de los halcones, las madrigueras de tejones, las ardillas, los escarabajos y los abejorros.



Doy gracias por las hamacas con overbooking, los columpios de mosquetones y cuerdas, el escondite, las croquetas en el prado y los Maipfeiferl.

Doy gracias por el agua de manantial, la cocina de leña y las canciones de Die Toten Hosen de madrugada.



Doy gracias de que aún existan lugares como este, en donde poder aterrizar, darte cuenta de lo sencillas que pueden ser las cosas, de que comodidades como la electricidad o el agua caliente se dan por supuestas cuando en realidad son un auténtico lujo, y de lo generosa que es la naturaleza y de cómo abusamos de ella.

¡Salud!

domingo, 30 de julio de 2017

Pequeños rituales de mitad de verano

Desde que empezó el verano estoy intentando que me cale, empaparme bien de ese espíritu ligero, divertido y perezoso que llegó el 21 de junio. A veces me tira demasiado el moño y aprieto demasiado las mandíbulas, pero en general, cuando noto algo que se tensa, pienso "¡Ey! ¡Que son vacaciones de verano!" y relajo. Pienso en lo mucho que hay que celebrar, hago todo lo que puedo para sentir que cada encuentro, cada comida es una pequeña celebración: del fin del curso, de las primeras frambuesas del jardín, del comienzo de las vacaciones... A veces simplemente poner unas flores en la mesa es lo que marca la diferencia.



Intento dormir mucho (todo lo que puedo, todo lo que me dejan, siestas incluidas), no tener mucha prisa ni ser muy cuadriculada con los horarios. Por eso también nos sentamos en el balcón al anochecer a observar los vencejos compartiendo una Radler.

Comemos melón y sandía a kilos, cerezas y melocotones. Pero lo que más comemos son helados, de todo tipo y de todos los tamaños. Desde los caseros hechos con frutas trituradas y yogur, hasta los más baratos (en todos los sentidos de la palabra) del chiringuito del Gänsehäufel.

Leo lento, a veces dejando pasar incluso días enteros entre capítulo y capítulo o entre artículo y artículo. Quiero saborear cada frase y no atragantarme.

Los viernes que no hay tormenta empaquetamos ensalada, tortilla, baguette, queso y fruta y cenamos en el jardín del barrio. Siempre hay alguien regando o llega alguien a cosechar tomates que prueba un poco de nuestra tortilla, charlamos un rato y chapoteamos en la charca de plástico.



En la cocina hay un par de recetas que me tienen obsesionada. Una es desayunar crepes con una capa de queso de untar, gajos de melocotón bien maduro, un puñado de arándanos y un chorro generoso de sirope de arce. La otra es tzatziki con patatas nuevas cocidas.

No es una receta complicada, pero si se quiere un tzatziki cremoso es imprescindible escurrir bien el pepino. Si por lo que sea (pereza, por ejemplo) se deja de hacer este paso, más vale que lo llames sopa y lo sirvas con cuchara. También es imprescindible el yogur griego más cremoso y con un contenido en grasa muy alto. El resto, ajo, hierbas, aceite... es optativo, pero esas dos son para mí las claves de un buen tzatziki.

Tzatziki de fiesta de final de curso



Ingredientes

una taza de yogur griego
un pepino mediano
ajo al gusto
un puñado de eneldo fresco
aceite de oliva
sal

Pelar (o no) el pepino y rallarlo grueso. Dejarlo escurrir bien en un colador fino apretándolo con una cuchara o en un trapo de cocina limpio hasta que quede lo más seco posible.
Mezclar el pepino escurrido con el yogur, el ajo y el eneldo picados y aliñar con sal y aceite.
Reposado queda mejor, porque le damos tiempo al ajo a impregnar hasta la última gota de yogur con pepino, pero se puede comer inmediatamente.

Es tan simple que no entiendo cómo no se me había ocurrido antes. Patatas cocidas con piel, abiertas por la mitad, tiernas, harinosas, aún humeantes y una buena cucharada de la crema ácida, refrescante, con el gustito de ajo que la convierte casi en un alioli. Podría alimentarme de eso el resto del verano... bueno, y de sandía... y de helados.

¡Buen verano!

miércoles, 19 de abril de 2017

De regalo

Desde que pensé en hacer un pequeño detalle de agradecimiento para el cumpleaños de la Marmota tuve muy claro que quería regalar mi post favorito para guardarlo y disfrutarlo como cada uno prefiera. La cosa fue tomando la forma de unas postalitas con las fotos, el texto y la receta del post. Primero pensé en un sorteo, porque no puedo permitirme enviar a todo el mundo las postales en papel, pero me daba mucha pena que sólo pudiera ser para unos cuantos.

Entonces fue cuando se me ocurrió que podía hacer un regalo digital para todo el mundo que lo quiera y aquí está: el mes de abril en postales para poderlas bajar, imprimir, enviar, ponerlas de fondo de pantalla o lo que apetezca, en lote o individuales:

Abril es amarillo (5 images)

https://ibb.co/kNdLRQ

https://ibb.co/g5hfRQ

https://ibb.co/iUz5t5

https://ibb.co/hAMULk

https://ibb.co/e0hfRQ

Gracias otra vez por las felicitaciones, los besos y los abrazos. Soy una Marmota afortunada. ;-)

¡Salud!